sábado, 25 de julio de 2009

LOVE IS THE DEVIL / EL AMOR ES EL DIABLO



Para Miryam

“Love Is The Devil”, escrita para la pantalla y dirigida por John Maybury es la mejor película en la historia que se ha hecho acerca de un pintor. Se trata en este caso de Francis Bacon. Su mayor atributo radica en la fuerza, no sólo visual, sino también de sus diálogos, y notablemente su brevedad: apenas una hora veinte minutos de torbellinos sanguinolentos, mezclados con la pasta densa de una lingüística inglesa violada, tergiversada, maloliente. Los olores del rancio pub, de las calles del Soho, son elixir para aquel dispuesto a perderse. Aquel que ha ido muy lejos en su mente, o que se ha dejado caer muy duro, desde muy alto.

“El amor es el diablo” es un monumento analítico, sin tabúes y sin maquillaje. Es la concepción y comprensión del artista-monstruo, no hay espacio para nada más. Nada de cursilerías: no hay flash-backs tediosos sobre el período joven de Bacon, sus años de formación, entre carencias, adicciones a los juegos de azar, o etílicas compañías. Nada de eso. La película abre con la llegada de George Dyer, el segundo y más importante compañero sentimental y sexual de Francis Bacon. El que dejaría la huella más profunda. Al conocerse, Bacon se encuentra en su madurez creativa, y se sitúa entre los pintores más importantes del mundo (Rufino Tamayo también es uno). Estamos a principios de los sesenta: la explosión de la psicodelia en el rock, la invasión británica, el swinging London, y Bacon, el pintor más importante de su generación, como color preponderante en el primer plano de todo este lienzo cultural.

George, drogadicto, dipsómano, se hunde con el paso de los años. Le vemos en sus obsesiones, alucinando que tenedores, cuchillos o cualquier artefacto doméstico está diseñado para destruirle. Lava constantemente sus manos, porque hay una suciedad que nunca se va, siempre un cigarrillo en la boca. La película nos guía, pues, por un lapso de cerca de diez años, comenzando con la relación entre Bacon y Dyer hasta 1972, cuando Bacon recibe el honor de una retrospectiva en las salas del Grand Palais de París. Días después, George muere por sobredosis de medicamentos y alcohol.

La película es directa, no pierde tiempo. La relación se va dañando, por los vicios de Dyer y la personalidad insidiosa del pintor. Infidelidad, delación, traición, hastío. Bacon lo corre, Dyer regresa, y el círculo sigue girando. Todo, aderezado con el verdadero acento londinense, el cockney, no el estúpido inglés insular estándar que nos quieren vender en los bodrios de Hollywood.

Bacon deambula como fantasma entre los rincones urbanos que eran asimismo, los motivos de sus obsesiones pictóricas. Pálido, pensativo, en el interior de un fotomatón; otras, con la euforia del ebrio, en su bar consentido, The Colony, disertando sobre los fetiches sexuales de los alemanes en los años treinta. Mas siempre, el fantasma de George, agazapado en las sombras de los aceitosos muros del bar, de edificios, de casinos, de su estudio. Bacon se deja fotografiar por una máquina, mientras recuerda a su amante, llamándole con el pronombre personal femenino “she”. Extraña el olor de sus axilas, de los pliegues en su mandíbula y sienes, cada parte de la musculatura de George, de “ella”.

El guión, hábilmente ensamblado, alterna escenas privadas, la entrega carnal de los amantes, conversaciones en bares, y el lado público del maestro, entrevistas, exposiciones. Todo fluye, todo penetra tan natural y deliciosamente como un gran pincel mezclando colores sobre la paleta dura, y embarrándose en la tela, dejando oír los ruidos lúbricos de la ejecución salvaje, espesa.

Un momento sublime es notablemente aquél cuando Francis Bacon, pintando en su estudio, apaga el televisor donde él mismo está apareciendo en una entrevista que le hicieron en la BBC días antes. Él mismo se estorba a la hora de trabajar. Esa es una lección de humildad, Bacon no se queda contemplando su cara en la televisión, su voz le molesta, tiene que decirse adiós a sí mismo y, seguir trabajando, pintando. La vida está llena de altibajos, de regresos, de triunfos y momentos aleatorios de renovación de energías.

Al final, Bacon, en la suite del hotel en París, sostiene una copa, ante él yacen sobre el piso los recuerdos de su última pelea con George; la ropa tirada, las botellas derrumbadas, los frascos de píldoras abiertos y derramados. Entra al baño, donde horas antes George había muerto. Su cuerpo ya no está. Bacon se sienta sobre el bidé. Cabizbajo, vacía el champán en el retrete. Ya no tiene caso seguir bebiendo.

Después, el eco del ruido de un brindis entre amigos, años atrás, cuando todo era fresco y alegre, aqueja al artista, sobre la silla en medio del estudio, entre claroscuros caravaggiescos: Cheerio! La cámara atrapa el reloj de pulsera de Bacon: las manecillas corren frenéticas en reversa.

Bacon murió en Madrid en 1992, “Love Is The Devil” fue realizada en 1997. Otra de las cualidades de esta película, porque no es la clásica obra rígida acerca de una figura muerta hace 40 años o más décadas, sino que es una pérdida reciente. Desde el punto de vista técnico, esto quiere decir que la recopilación de datos, anécdotas e información es más fácil y fidedigna. Artísticamente, este acto nos demuestra el interés y compromiso de la industria cinematográfica inglesa por enarbolar un homenaje digno, fresco, trascendente, a uno de los héroes de la cultura nacional. Y un colofón rabioso para que no olvidemos a una de las contadas figuras auténticas de la pintura del siglo XX. Alguien sin poses, sin los aromas de la afectación perfectista.

Cuando el cineasta francés Marcel Carné utilizó por primera vez la técnica del flash back, en los treinta, con la película Amanecer (Le jour se lève), había una revelación de riesgo y renovación. Pero hoy, es muy común ver la clásica escena inicial donde el artista agoniza en el lecho y comienza el desgrane, entre vahos alucinantes, de sus difíciles comienzos. Qué horror. Ninguna película biográfica sobre un pintor, ninguna, llega al nivel de crudeza, desencanto y agilidad narrativa de Amor es el Diablo. Los filmes sobre Modigliani, Lautrec, Picasso, no son más que desfiles de imágenes aburridas, predecibles, que no hacen otra cosa sino envolver en un hálito de falso misticismo a simples hombres que tuvieron problemas, se enfrentaron a abismos y dudas, como cualquier otro. Eso los hace chocantes.

"Love Is The Devil" no tiene final explícito. Bacon se queda solo, a principios de los setenta, en su estudio. El mundo y el panorama cultural han cambiado. Es de agradecer que la película no nos enseñe a un Bacon envejecido, sino que haga énfasis solamente en uno de los períodos más hondos y quizás el definitorio de su vida. Bacon aprieta los ojos y la película se despide de nosotros entre notas de una canción romántica de los cuarenta: “Time On My Hands”, fusionada con la melodía fría, electrónica, del compositor japonés Ryuichi Sakamoto (banda sonora imprescindible) cuya música irreverente, desenfadada, pudo emparentarse, ¡por fin!, a la perfección con las imágenes de Francis Bacon. Rojo, púrpura y magenta. Whisky, vino y curry.

Benjamin Bonilla
Verano de 2009

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