viernes, 14 de noviembre de 2008

APOLOGIA DE LA IMAGINACIÓN ERRANTE: Benjamín Bonilla.


El mundo personal de Benjamín Bonilla al que ahora nos acercamos a través de sus pinturas presenta dos características esenciales: imaginación y desarraigo.
La imaginación es una capacidad desvalorizada en el siglo XX. Una cultura educada en la imagen, ha tenido como consecuencia que los individuos hayan perdido la sana costumbre de proponer con imágenes propias un sentido más íntimo del mundo. El arte moderno ha interpretado la realidad más por la razón y sus campos abstractos, que por la emoción y la imaginación. En la ruptura del siglo XIX, la imaginación era el vehículo para transmitir las emociones de un modo directo. Han pasado más de dos siglos tratando como cultura occidental de darle equilibrio a la razón y a la emoción. El romanticismo fue el último intento por equilibrar la experiencia del sujeto y los fenómenos del mundo. Al sellar definitivamente el mundo a un proyecto racional de civilización, el arte tomó caminos distintos y se alejó de las voces subjetivas. Hubo intentos en el siglo pasado por alentar que la imaginación tomara de nuevo su lugar en el proceso creativo. Al mismo tiempo que el arte asimilaba nuevas funciones, internamente se convulsionaba y daba a luz nuevas expresiones: el impresionismo es un buen ejemplo de ello. Por este camino podemos entender el oficio de Bonilla, quien sigue la consigna de entender el oficio del pintor como una decodificación personal de la realidad y una transmutación imaginaria.
Esta muestra es síntesis de años de cultivar una sensibilidad natural y de su experiencia de vivir en otros países. Su experiencia como extranjero, lo ha llevado al enfrentamiento con el otro y consigo mismo. Si se percibe el mundo como un escenario doloroso es tan sólo el reflejo de un escenario interior que está siendo percibido.
Bonilla ha puesto los diques a su imaginación para coagular la danza de sus motivos y apreciar ciertos temas. Su obra tiene ecos literarios y de otras pasiones u obsesiones: la fiesta brava, el rock, la literatura.
Puede intuirse en los títulos de los cuadros, ya la invitación evocadora para entrar en una mirada atenta, que ha intentado descubrir, con mirilla, las otras realidades no manifiestas.
El arte de Benjamín es un arte figurativo, con sus propias simetrías y proporciones. Influido por el claroscuro, crea presencias cotidianas y oníricas que muestran un mundo emocional ríspido y musgoso. El movimiento en su pintura es lento, casi estático. Sus personajes contemplan un atisbo del vértigo que está por venir, son figuras errantes que poseen la angustia existente en el mundo, captadas justo antes de un acto donde se compromete todas sus certezas. En su exploración lumínica, el uso del contrate es uno de los mejores recursos; sabe crear atmósferas en diferentes estratos emocionales.
La raíz emotiva de sus pinturas es un íntimo desarraigo del tiempo moderno. Las expresiones de los personajes son paradójicas: frustración y fascinación por un mundo desgastado. La ironía y el llanto parecen reflejar el mismo dolor. Es por eso que la pintura de Bonilla posee un halo de misterio. Al envolverse en la paradójica conmoción de ver el mundo derrumbarse y huir riéndose de él.
En algunos cuadros, unos más arriesgados que otros, la conmoción es evidente. Podemos mencionar entre ellos Ella dijo que podía entrar, El remordimiento y escarceos de migración. Es en esos cuadros más arriesgados donde impera la personalidad de Bonilla.
Escenas de la vida cotidiana con el velo de los sueños y las experiencias subjetivas que hacen enriquecer el ojo del espectador, en donde se ve una esquina, hay algo más que un cruce de calles. En ese sentido hay cierta ofuscación, tristeza. Es en esta muestra que Bonilla proyecta las líneas de su estilo venidero.
Podríamos entender esta muestra como la respuesta que intenta decirnos de su propio sentimiento de desarraigo. La virtud de su pintura es ésta: entender el mundo como un movimiento errante, pero florido.
Benjamín Bonilla hace una constante apología de la imaginación.


Carlos Rodríguez.
Profesor de ética de la Universidad Autónoma de México.


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